Parábola del buen samaritano: explicación y significado
Jesús contó la historia de un samaritano que se detuvo a cuidar a un viajero herido después de que un sacerdote y un levita pasaron de largo. La parábola responde a la pregunta del intérprete sobre quién es su prójimo dándole la vuelta: el amor no pregunta a quién está obligado a ayudar, sino que muestra misericordia a cualquiera que esté en necesidad.
La parábola del buen samaritano aparece solo en Lucas (Lucas 10:25–37). Jesús no la contó como una historia aislada: fue su respuesta a un experto en la ley de Moisés que quería ponerlo a prueba. Para entender la parábola, hay que empezar por esa conversación.
Una pregunta sobre la vida eterna
Y he aquí, un doctor de la ley se levantó, tentándole y diciendo: Maestro, ¿haciendo qué cosa poseeré la vida eterna? Y él dijo: ¿Qué está escrito de la ley? ¿cómo lees? Y él respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas, y de todo tu entendimiento; y á tu prójimo como á ti mismo.
Lc 10:25–27 · Reina-Valera 1909
William MacDonald señala que probablemente el intérprete de la ley no preguntaba con sinceridad: quería atrapar a Jesús y hablaba de la vida eterna como algo que se puede ganar. Jesús lo remitió a las Escrituras, y el hombre respondió bien. Unió dos mandamientos del Antiguo Testamento: amar a Dios con todo el corazón (Deuteronomio 6:5) y amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19:18). Jesús le dijo que hiciera esto y viviría (Lucas 10:28).
John MacArthur explica que la promesa de la ley es real, pero ningún pecador puede cumplirla a la perfección, de modo que sus exigencias tienen el propósito de llevarnos a buscar la misericordia de Dios. Warren Wiersbe añade que solo podemos amar de verdad a Dios y al prójimo cuando el amor de Dios está en nuestro corazón. En vez de reconocer su necesidad, el intérprete intentó justificarse.
Mas él, queriéndose justificar á sí mismo, dijo á Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
Lc 10:29 · Reina-Valera 1909
MacArthur indica que entre escribas y fariseos se pensaba que el prójimo era solo el justo, y que a los pecadores, los gentiles y sobre todo a los samaritanos se les podía odiar. Sin embargo, el mismo capítulo de Levítico mandaba amar también al extranjero que vivía en Israel como a uno mismo (Levítico 19:34).
La historia que contó Jesús
Y respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalem á Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; é hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.
Lc 10:30 · Reina-Valera 1909
MacArthur describe el camino: un descenso abrupto de unos mil metros a lo largo de 27 kilómetros, famoso por estar infestado de ladrones. Los oyentes de Jesús lo conocían bien.
Y aconteció, que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, se pasó de un lado. Y asimismo un Levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, se pasó de un lado.
Lc 10:31–32 · Reina-Valera 1909
Los sacerdotes servían en el templo, y los levitas, descendientes de Leví pero no de Aarón, les ayudaban. Los comentaristas imaginan razones, como el miedo a los ladrones, pero Jesús no ofrece ninguna excusa. Precisamente quienes enseñaban la ley de Dios pasaron junto a un hombre moribundo.
Mas un Samaritano que transitaba, viniendo cerca de él, y viéndole, fué movido á misericordia; Y llegándose, vendó sus heridas, echándo les aceite y vino; y poniéndole sobre su cabalgadura, llevóle al mesón, y cuidó de él. Y otro día al partir, sacó dos denarios, y diólos al huésped, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que de más gastares, yo cuando vuelva te lo pagaré.
Lc 10:33–35 · Reina-Valera 1909
Judíos y samaritanos eran enemigos de larga data, y nadie esperaba que el héroe fuera un samaritano. MacArthur observa que él mismo se arriesgaba, no solo a los ladrones, sino a la hostilidad de otros viajeros. También explica los detalles: muchos viajeros llevaban un poco de aceite y vino como primeros auxilios; el vino servía de antiséptico y el aceite ayudaba a sanar las heridas. Dos denarios eran el salario de dos días, quizá suficiente para que el herido se quedara en el mesón hasta recuperarse. El samaritano dio su tiempo, sus provisiones, su cabalgadura y su dinero, y prometió más.